De la universidad a la Gran Manzana

marga sbert
marga sbert

De la universidad a la Gran Manzana

Como habréis leído en el sobre mí, soy logopeda. Desde que terminé la carrera, me considero un espíritu inquieto, nunca he dejado de formarme en diversas áreas de la logopedia y el desarrollo personal. Aprovecho la oportunidad que me da escribir en este blog para hacer una pequeña aclaración sobre la logopedia. Es una profesión relativamente joven y todavía no lo suficientemente conocida por la mayoría de la sociedad. Abarca un extenso abanico de patologías variadas como pueden ser los evidentes y más conocidos defectos en la articulación. Pero los logopedas también tratamos otros casos como los retrasos del lenguaje, los trastornos de la deglución, la patología en la voz, las dificultades de lectura y escritura, los trastornos del lenguaje por daño cerebral…entre otros y, por supuesto las dificultades en la fluidez o tartamudez. Estoy algo cansada del tópico y típico comentario Ah, sí, logopeda! para decir la “R”. Siii, es cierto que podemos ayudar a corregir este sonido, pero… vamos más allá de eso!

Es curioso ver como en el colectivo de logopedas, seguimos siendo minoría los profesionales que nos especializamos y dedicamos a la tartamudez. Supongo que es un campo que produce un enorme respeto y un sentimiento de no estar suficientemente preparado a la hora de abordar un tratamiento con garantías de éxito. Afortunadamente, en los últimos años, cada vez se ofertan más cursos, congresos y seminarios específicos.

Volviendo mis inicios como estudiante. Los dos últimos años de carrera teníamos que elegir una serie de patologías para realizar nuestro practicum, Aquella fue una fantástica oportunidad para aparcar por un tiempo los libros y apuntes y poner en práctica todo lo aprendido en clase, con pacientes de verdad, en el servicio asistencial que nuestra universidad ofrecía. No me preguntéis por qué elegí la tartamudez. No sé exactamente por qué me llamó la atención y despertó en mi curiosidad.

¿Quizás por el miedo que había sentido siempre a hablar en público o con gente desconocida? ¿Quizás esa dificultad despertaba en mí una cierta empatía?

De esas prácticas me viene a la memoria la imagen de estar con mis compañeras horas y horas escuchando y analizando grabaciones, transcribiendo muestras de lenguaje, sacando porcentajes de cuántas repeticiones, bloqueos o prolongaciones había dicho en la sesión…en fin, un trabajo de chinos. No digo que no fuera necesario tener una visión cuantitativa para poder comparar posteriormente de manera objetiva si se observaba una mejoría pero, sinceramente, poner tanto foco en ese aspecto a mí no me convencía y al final, no le vi demasiado sentido.

Me preguntaba ¿Dónde quedaba la parte emocional y psicológica de esa persona?, ¿y sus miedos al hablar?, ¿o sus traumas en el cole?, ¿y la aceptación?, ¿y la relación con sus familiares, o las dificultades para encontrar un trabajo o para relacionarse con amigos?, ¿y sus sueños? ….en definitiva, su día a día como persona.

A mí me faltaba algo más, un enfoque más amplio, profundo y multidimensional de la persona. La relación con los pacientes fue muy positiva, a día de hoy me sigo acordando de ellos, pero no lo fue tanto la manera de abordar el tratamiento. No me convenció. Pienso que por ese motivo al terminar la carrera apenas traté puntualmente varios casos de tartamudez infantil y algún que otro asesoramiento a padres. Y lo aparqué de manera inconsciente en el cajón de “cosas pendientes”. Digo lo de “pendientes” porque fueron dos los principales motivos que me hicieron desempolvar y volverme a conectar con el tema. No creo en las casualidades.

De la universidad a la Gran Manzana

El primero fue en el cine, viendo la maravillosa y oscarizada película “El discurso del Rey” allá por el 2010. Recuerdo que viendo la película sentí mucha emoción y ganas de ser una terapeuta como Lionel Logue para poder ayudar a muchas personas con esta peculiaridad en el habla. La relación de confianza que estableció con su paciente, el rey Jorge IV y sus métodos nada ortodoxos, movieron algo dentro de mí. El segundo motivo surgió a través de un buen amigo mío, alguien que para mí es un gran referente tanto como persona y como profesional. Alguien en quien me miro al espejo por su capacidad de superación, de creer en él, de luchar y perseverar hasta conseguir sus sueños. Un día cenando juntos, me comentó que estaba tratando a personas con tartamudez desde otra perspectiva, poniendo énfasis en la parte emocional

¡Cuéntame más! le dije y su respuesta fue “Marga, nada que ver con lo que aprendimos en la carrera” Aquella conversación plantó en mí otra semillita de curiosidad y ganas de saber más sobre el tema.

Así que, a pesar de no haberme dedicado a este campo, sí que me llamaba mucho la atención y de alguna manera me iban llegando señales.

Confieso que estoy literalmente enganchada a San Googgle. Soy una buscadora empedernida y una curiosa por naturaleza. Busco información diversa constantemente, sobretodo de logopedia y desarrollo personal. Y muchas veces no sé ni cómo llego a parar en determinadas páginas. Eso fue lo que me pasó con el American Institute for Stuttering. (Instituto Americano para la Tartamudez con sede en Nueva York). En su web encontré un curso intensivo de 15 días para adultos con tartamudez y la posibilidad de acudir como logopeda interna en prácticas. ¡Woooow! Aquello tenía muy buena pinta y era muy novedoso, otro paradigma. La filosofía del programa se centraba en la persona desde una perspectiva holística, no solo tratando el habla sino también a nivel psicológico y emocional.

A pesar de que mi nivel de inglés era bastante de andar por casa, no dudé en ponerme en contacto con ellos y comenzar el proceso de selección. Con la ayuda de Andy, mi profesor de inglés, preparamos toda la documentación para la selección y entrevista online. Tan solo ofrecían 3 plazas para logopedas. Finalmente, conseguí mi plaza y así cumpliría dos sueños: viajar sola a la gran manzana, como reto personal (eso sí, con la culpa en mi maleta por separarme de mi hijo de 4 años) y aprender en vivo y en directo acerca de una metodología totalmente nueva, revolucionaria para mi hasta el momento.

Allí estaba yo, un 10 de agosto del 2015 en el corazón de Manhattan muy emocionada pero también algo asustada e insegura por mi escasa fluidez en inglés (sin ánimo de comparar, pero por unos días pude experimentar una sensación parecida a la que tienen que enfrentarse ellos a diario)

El primer día fue un cúmulo de sorpresas y emociones. No tardé en percatarme de que una de nuestras profesoras, Sara, era una persona con tartamudez ¡Menuda lección! ¿Quién mejor para entender, empatizar y ayudar que alguien que lo vive en su propia piel? Primera lección de humildad.

El grupo estaba formado por diez participantes entre 18 y 42 años, procedentes de Estados Unidos la gran mayoría, pero también llegados de Asia y Europa. Acababan de conocerse. Cada uno con su mochila cargada de miedos y frustraciones, pero también de esperanza, ilusiones y sueños aún por cumplir. Dispuestos a avanzar un pasito más en su batalla personal.

Compartiré algunos detalles que me inspiraron especialmente, aunque os puedo decir que todos y cada uno de ellos lo hicieron por algún motivo.

Desde China había llegado Jia, profesora y una mujer brillante. Quizás era la que tenía los bloqueos más severos pero también fue la que puso las notas de humor a esos días. Lloramos todos a lágrima viva cuando nos contó lo que había sufrido en su infancia. A pesar de no haber parado nunca de luchar por sus metas y de su afán de superación, jamás se sintió comprendida ni reconocida por parte de sus familiares ni amigos. Había decidido dejar su país de origen durante unos años e instalarse en EEUU para perfeccionar su inglés. Taylor, una estilosa decoradora de Míchigan que nos confesaba la presión a la que estaba sometida por esconder y encubrir su tartamudez durante toda su vida. Se había propuesto salir de una vez por todas del armario, hablarlo clara y abiertamente con su familia y amigos. El último día llegó con una gran sonrisa y mostrándose muy orgullosa, se acababa de tatuar en su antebrazo un mantra que la acompañaría siempre: Speak freely (Habla libremente) Nelson, padre de dos hijos y enfermero de profesión, nos contagió con su positivismo y sus enormes ganas de prosperar en su carrera. Seguía estudiando, preparando ponencias ante sus colegas del hospital para promocionar y así ser un gran ejemplo de lucha y perseverancia para sus hijos. La bella y sensible Spring, estudiante de Marketing con ganas de triunfar en el mundo de las finanzas. Me impactó la fuerza y valentía que desprendía a pesar de su aparente fragilidad. O John, un simpático chico británico proveniente de una prestigiosa familia de abogados. Nos confesaba su miedo atroz a no estar a la altura, decepcionar a su novia y a sus padres en su carrera como abogado.

Aquellos días pasaron volando, entre actividades y dinámicas muy diversas. Os cuento algunas de ellas. Realizar un sinfín de llamadas telefónicas pidiendo información, listín en mano y delante de un espejo, practicar simulacros de entrevistas de trabajo, prepararse un tema cada uno para después presentarlo delante del grupo, salir a la calle y preguntar a la primera persona que se cruzaban la hora o una dirección, mirando a los ojos e informando que tartamudeaban, y que quizás necesitarían algo más de tiempo. Estar toda una tarde en un concurrido parque del centro de la ciudad, acercarse a las personas y conseguir que les dedicaran unos minutos para pasarles un completo cuestionario sobre qué conocían a cerca de la tartamudez. Según fueran las respuestas, les proporcionaban las explicaciones e información pertinentes. Y finalmente, la actividad estrella, el reto del metro. Consistía en ir todo el grupo al metro de Nueva York en hora punta. Subir al vagón y quien ese momento se sintiera con ganas y fuerza debía decir en voz alta brevemente qué significaba y qué suponía ser una persona con tartamudez así como comprometerse a nunca rendirse y a perseguir sus sueños. ¡Potente, muy potente! Ahí estábamos todo el grupo para dar apoyo, con la adrenalina y la emoción a flor de piel. Era curioso ver las caras de los pasajeros, sorprendidos y a la vez también emocionados, incluso en algún caso acabó todo el vagón aplaudiendo.

Durante 15 días todos ellos habían sido capaces de derrumbar muchos muros y barreras y enfrentarse a sus miedos. Es cierto que la fuerza y la energía del grupo jugaron un papel importante pero lo realmente importante fueron sus ganas de superarse y su actitud. Se suponía que mi función como logopeda era la de aportar mis conocimientos y habilidades y creo que lo hice lo mejor que supe. Pero los que de verdad me enseñaron fueron ellos a mí. Ni leyéndome mil libros ni acudiendo a mil cursos sobre tartamudez habría conseguido aprender ni entender lo que significa de verdad esta peculiaridad en el habla. Me demostraron ser un ejemplo de muchos de los valores que más admiro de una persona como la aceptación, la perseverancia, la valentía, y la vulnerabilidad. Conocerles fue un auténtico regalo, tan solo me queda volver a decir GRACIAS de corazón.

 

 

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